Venas

Cuando era pequeña me daba por buscar caras en el gotelé de las paredes. Como todos los niños, imaginaba batallas y paisajes de pesadilla, bestias con un número improbable de patas, fungoides, hombres y mujeres e híbridos en escenas cuyo propósito se me escapaba. Pareidolia lo llaman. Un error de percepción.

Una de esas formas probó ser más persistente que los demás. Día a día, en los azulejos de mi cuarto de baño me encontraba esa nariz encorvada, esa sonrisa demasiado amplia con los ojos entrecerrados de alguien que se esfuerza en mirar algo muy lejano. Con el tiempo, le puse nombre y comencé a contarle mis cosas. Imaginaba largos diálogos con ese rostro, que en mi cabeza era sabio pero artero, y me daba consejos que nunca llegaba a entender del todo. Su personalidad seguía la lógica de los sueños: a veces omnisciente, a veces ciego, y cuando estaba de humor me contaba largas historias de gente que había muerto hace mucho tiempo o que aún estaba por nacer.

Nunca se fue. Al contrario que las otras formas, que poco a poco se disolvieron en la abstracción, el rostro me acompañó durante muchos años, hasta que me fui de mi casa, y lo volví a encontrar en las vetas de mármol de mi nueva cocina. Poco a poco, empezó a aparecer en otros lugares: un día me saludaba desde el diseño de la chaqueta tejida de uno de mis novios. Otro, en formaciones rocosas en la playa de un país que no recuerdo. Distorsionado y gigantesco en las grietas del muro enfrente de un apartamento de Nueva York en el que viví hace dos décadas.

No estoy loca. Hace unos años comencé a tomar fotos de todos sus apariciones. Desde todas y cada una de ellas me sonríe la misma cara de duende viejo. Cuando se lo enseño a los otros se quedan algo intrigados, comentan que es algo curioso y desvían la mirada. Una vez escribí a un programa paranormal comentando el caso, pero nunca me respondieron. ¿Qué más puedo hacer? No es como si me buscase para hacerme daño. Solo está ahí, sonriéndome, a veces burlón y a veces alentador.

Estoy sorprendida de mi propia vejez. Cuesta creer que este cuerpo mío, esta morada, decaiga de manera tan sutil e inexorable, con pequeñas traiciones que dejan paso a otras mayores. Cada día tengo una cana más. Una mañana mis ojeras llegaron para quedarse, y la vida me deja surcos cada vez más profundos. Cada mañana despierto y mi vista es menos clara.

Me mira mientras escribo. A través de todas mis mudanzas y decepciones, de mi soledad que he arrastrado por el mundo, lo veo todos los días. Los años no lo han tocado. Todas las mañanas me miro en el espejo para seguir el avance de mi propia disolución. Y sé que él seguirá ahí a través de las edades, inmutable y discreto y sigiloso, y algunos días me figuro que acaso es él el único real y que a mí solo me han soñado.

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This entry was published on December 11, 2012 at 10:50 pm and is filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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