La vecina del cuarto (Historia un poco más larga, con dibujo de Servandiós)

No hay rostro que odie más que el mío a las cinco de la mañana en el espejo de un baño desierto. ¿Qué miras, imbécil? ¿A qué vienen esas ojeras, esa hostilidad, ese enfermizo tinte amarillo dado por las luces de neón? Nunca te gustaron las mañanas, y sin embargo aquí estás. A punto de salir para coger un vuelo a un país de mala muerte, siguiendo las instrucciones de una moribunda.

Me dolían los tacones. No aprendo. Por mucho que viaje, por mucho que conozca ya la incomodidad, los mosquitos, las horas eternas y los tobillos hinchados, me empeño en ir siempre de punta en blanco a los aeropuertos. No soporto la vulgaridad de los viajeros, esos pantalones de chándal, la tristeza de los zapatos viejos de rejilla. Por favor.

El vuelo iba a durar seis horas. Me retoqué el maquillaje en el espejo e intenté arreglarme el pelo en vano. Cuando no dormía se me ponía asqueroso. Salí del baño tan compuesta como me lo pude permitir, y fui de camino a la puerta de embarque.

La cosa había comenzado hacía ya tiempo. Si nos ponemos puristas, podríamos decir que fue a los seis años, cuando encontré mi canario en el suelo de la jaula, rígido y panza arriba, y no se acercó a comer como todos los días. Recuerdo el berrinche que me pillé cuando me explicaron lo que era la muerte. ¿Para esto vivimos? ¿Para esto nos molestamos en ir a la escuela, comportarnos, ser respetuosos, comer sano, para un día desaparecer en un suspiro? ¿No significamos nada?

Aunque aparentemente el disgusto se me pasó a los dos días, seguí rumiando la idea en mi cabeza. No me podía creer que los demás aceptasen tan tranquilos la idea de ir al matadero. ¡Como ovejas, ni más ni menos! Cuando murieron mis abuelos, yo tenía ya doce años, y asistí a su funeral con un cierto interés. Salí de la iglesia asqueada por los rituales, el aburrimiento, la opresiva resignación que se desprendía de todo el acto. A partir de entonces, me prometí no morirme. Vivir para siempre o morir intentándolo.

La ciencia tampoco iba a ser de gran ayuda. A pesar de las fanfarrias con las que las noticias anunciaban el descubrimiento de un nuevo gen de longevidad, o la cura contra los cánceres, o la posibilidad de una nueva conciencia cibernética, era evidente que, por los medios comunes, no iba a vivir más de cien años. Y los últimos cuarenta no serían muy buenos.

Por todo ello, mi interés pronto derivó a un ámbito menos ortodoxo: textos esotéricos, testimonios espiritualistas, todos ellos enseñados en talleres con Boddhisatwas de baquelita mirándonos con cara soñolienta. ¿Qué queréis? Los enfermos terminales, en su desesperación, suelen recurrir a la medicina alternativa, y, en realidad ¿Qué somos sino eso? Todos fueron un timo.

Mi interés se hubiera ido desvaneciendo de no ser porque, durante unas prácticas obligatorias en mi mal escogida carrera de Documentación, encontré unos pergaminos escondidos en la caña de un precioso volumen in quartto, que había destrozado accidentalmente. Al principio pensé que serían alguna tontería del siglo XVI, una de esas tristes sociedades secretas en las que se meten los ricos aburridos. Casi se la paso a mi jefa de laboratorio. Sin embargo, me dio por leerlos, y descubrí que eran una crónica escrita por un tal Johannes en el castellano artificioso de los italianos, que afirmaba haber nacido veinte años antes que Cristo, y que había encontrado el secreto de la inmortalidad mediante la ingestión de una sustancia mágica y muy poco descrita.

Casi por cuestión de principios, me llevé los documentos a casa. El volumen donde los encontré, una recopilación de comedia florentina, volvió a su estante de origen, tan roto como lo había dejado.

La lectura del Codex Johannicus, como me dio por llamarlo, me quitó el sueño esa noche y fue la causa de una bronca monumental con mi novio. A pesar de que al principio lo leí como entretenimiento ligero para antes de dormir, capturaron mi atención ciertas referencias a rituales de enterramiento romanos que no parecían ser muy conocidas en el Renacimiento.

El documento solo tenía dos páginas, en las que aparte de su dudoso origen, el viejo detallaba cómo fue ejecutado por ahorcamiento en una aldea del Cáucaso, y cómo su resurrección había despertado cierta alarma en los lugareños, lo que fue para él causa de no pocos quebrantos. Declaraba haber conocido al Emperador Adriano en persona, y le describía como un funcionario pomposo muy distinto a la fama que se había criado.

Decidida a no soltar esa hebra que había encontrado, comencé a dedicar mis ratos libres a investigar. Ya que mi única pista era Adriano, emprendí la vasta tarea de abordar todos los textos disponibles sobre él en la Biblioteca Nacional, buscando todas las personas con las que hubiera tenido alguna audiencia digna de mención. Ese entretenimiento acabó siendo la razón de mi pérdida de salud y de popularidad en el grupo, ya que acabé siendo la ermitaña que contestaba a todos los comentarios con resoplidos. Al final, Jorge me acabó dejando, cosa que asumí con alivio porque no tenía ni idea de cómo dejarlo yo.

Al final, mi número de sospechosos se redujo a dos. El primer Johannes, un supuesto profeta que había abordado a Adriano en una de sus visitas a Jerusalén, increpándole insultos en “una lengua desconocida”. El pobre imbécil había sido arrastrado por la guardia pretoriana, que con toda probabilidad le había dado una buena zurra.

El segundo era más escurridizo. En un texto que aparecía en una nota a pie de página del apéndice de una historia cutrísima del Imperio Romano, se podía leer un texto muy extraño acerca de una conversación entre Adriano y una persona que no podía morir. No se decían nombres, ni se indicaba el contenido de lo que se dijeron, y la única referencia en la bibliografía era una especie de manual de historia –De Rebus Inmortalibus– que no aparecía en catálogo alguno.

Comencé a sospechar que la persona que había escrito ese pie de página lo había hecho como señal, y que la referencia a esa obra inexistente era un mensaje codificado, una invitación a los iniciados de los secretos de la inmortalidad. Empecé a obsesionarme en serio: mis compañeras de piso, hartas de mis horarios intempestivos, me echaron, y me tuve que ir a un estudio. El rostro del autor del libro se me aparecía en sueños, me perseguía por pasillos solitarios, cada llamada de teléfono era suya. Dedicaba el poco tiempo libre que me dejaba mi trabajo en Zara a escribir cartas, hacer llamadas, intimidar bibliotecarios, y, en general, buscar a cualquier persona que supiera algo acerca de la enigmática editorial Dermos. Mi suerte comenzó (o se acabó) una tarde de invierno, cuando, tras interminables semanas el becario documentalista de ya no me acuerdo de qué archivo, me devolvió la llamada y me dio el teléfono de contacto de la persona a la que estaba buscando.

La supuesta Editorial Dermos solo había existido para publicar una sola obra, y era enteramente el trabajo de un solo hombre, un librero de Vizcaya que no me respondía el teléfono y no tenía contestador. Tras una semana de vanos intentos de contactar, se me acabó la paciencia, y cogí un billete de autobús hacia el norte.

Recuerdo haber vacilado durante más de un cuarto de hora delante de la destartalada librería. A través del sucio cristal del escaparate, con el nombre escrito al revés en letras medio borradas, podía ver baqueteados volúmenes clásicos, ninguno muy interesante. Al fondo, camuflado entre torres de libros se escondía una cabeza casi calva, con una mata de cabello blanco como una casposa aura en torno a su cabeza, casi oculta tras la portada de un Hola.

Por una vez tuve suerte. Ese viejo, don Alfredo Solís, había sido el fundador de la Editorial Dermos, cuyo enigmático nombre se le ocurrió en una noche de borrachera con los amigos del mus. Ah, sí, se acordaba de ese libro. La única publicación en la corta vida de la editorial, esperaba con esa obra conseguir el capital suficiente para poder iniciar su línea de literatura erótica, pero el negocio no funcionó. ¿Quería ver yo algunos de sus textos? Sí, claro.

Me tuvo una hora leyendo sus poemas execrables. Juro que, de todos los sacrificios que he hecho para alcanzar la inmortalidad, este fue el más penoso. Como buen viejo verde y solitario, el señor Solís tenía unas ideas bastante extrañas sobre sexualidad, que quedaban patentes en sus versos. Después de oír demasiadas veces referencias a pechos como melocotones, logré desviar el tema a donde me interesaba. ¿Se acordaba de algo? Sí, sí, en el capítulo de Adriano había mantenido correspondencia con una profesora parisina que le había ayudado con la bibliografía, de eso hacía más de diez años. La había conocido en sus viajes por España, una persona muy culta y muy interesante. Sí, aún tenía su dirección, si la quería. Me despedí de él con una muestra seleccionada de sus poemas, que tiré al primer contenedor que vi.

Una persona cuerda lo habría dejado estar. Se habría tomado un café en la estación de autobuses, habría meditado sobre la fragilidad de la vida y la futilidad de sus intentos por alargarla, y habría vuelto a casa y a su trabajo. Yo no. Yo me tomé un café en la estación de autobuses, medité sobre la fragilidad de la vida, y con mis pocos ahorros compré un billete para el autobús a París que salía esa noche.

Solo a mitad de camino recordé la precariedad de mi francés, aprendido durante cuatro años en la escuela y ya casi olvidado. Después de esa revelación, llegaron los pensamientos coherentes sobre mi situación. ¿Dónde pensaba dormir? ¿Cómo me las apañaría con una sola muda de ropa en esa ciudad? ¿De qué manera pensaba contactar con esa mujer?

Al final, como siempre, las cosas se solucionaron solas. Llegué a la Gare Routière sin dormir y con el peor aspecto posible. Tras un rato de indagaciones en francés macarrónico a la hostil población parisina, me encontré frente a un viejo bloque de edificios en un barrio marginal, que no parecía corresponder con la residencia de la que me habían descrito como una de las más brillantes historiadoras de la época clásica. Llamé al timbre.

Nunca olvidaré la primera impresión que me dejó Justine Delon, profesora de la Sorbona desacreditada que trabajaba a tiempo parcial como instructora privada de piano, alcohólica y también sacerdotisa de tres o cuatro sectas muertas. El olor a cigarrillos y a ginebra que permeaba todos los objetos de su piso me llegó hasta el rellano, donde se mezcló con la peste a col hervida del edificio. Desde la puerta casi cerrada se asomó una señora que aparentaba mucho más de los cincuenta años que tenía, con una bata de rizo color vendaje viejo y una colilla apagada en los labios. Era mucho más pequeña que yo, le sacaba casi una cabeza, y su rostro arrugado de ojos negros y brillantes me recordó al momento al de un monito hostil.

-Bonjour. Madame Justine Delon?

-Oui. Qu’est-ce que vous voulez? Je ne suis pas interessée a rien vous acheter.

-Monsieur Alberto Solís m’a donné vos coordonnées. Je suis a la recherche d’un homme appelé Johannes.

Sin una palabra, Justine retiró el pestillo y me invitó a pasar al desorden de su casa. Era un piso oscuro, cuyas ventanas daban todas al patio del edificio que en sus tiempos fue hermoso y que ahora, mil veces reformado, es un refugio sórdido para las clases bajas. El empapelado de las paredes, de flores y hadas, parecía venir de un mundo distinto al del resto del apartamento. Todas las superficies lisas, del suelo al techo, estaban cubiertas de libros viejos o de objetos inservibles. Aquí y allá me pareció ver algún cuadro que despertó mis borrosos recuerdos de Historia del Arte. Me guió al salón, que, como el resto de la casa, parecía más un museo abandonado que un lugar para vivir. En un rincón descansaba melancólico un piano cubierto de polvo, sobre el que, sin más ceremonia, Justine puso dos vasos que rellenó de ginebra.

-¿Quién eres?- me preguntó, esta vez en español. Parecía curiosa más que hostil.

A borbotones le conté mi vida. Uno pensaría que es algo significativo, revelar quién eres a un desconocido y contarle tus secretos, pero me di cuenta de que, en realidad, ya no me quedaban. Una vez narrada y catalogada, mi vida resultó ser algo pequeño y aséptico, sin altibajos, con pocas amistades y menos amores. En mi anodina historia, lo único que parecía brillar era mi deseo por no morir, un deseo mucho más fuerte del de cualquier otra persona que se hubiera cruzado en mi camino. Durante todo ese tiempo, ella no dijo ni una palabra, solo alzó una ceja cuando mencioné la nota a pie de página que había encontrado.

-¿Para qué quieres vivir para siempre?- hablaba un castellano perfecto, con solo un ligero trazo de acento. Más tarde supe que, debido a un interesante pacto con alguien que podía o no haber estado muerto, dominaba todas las lenguas de Babel. Sonrió- Tu vida es un aburrimiento.

-Eso es asunto mío. ¿Crees que puedes ayudarme?

Ella se echó a reír y sirvió otros dos vasos de ginebra, que esta vez logré tragar sin hacer ninguna mueca. A cambio, le ofrecí uno de mis Gauloises, que ella fumó con avidez.

-Hace ya tiempo que nadie viene a verme, y, cuando por fin pensé que tenía una visita, resulta que es para preguntar por ese imbécil y por su secreto. Te lo diré: no hay secreto. Hay varios rituales para conseguir la vida eterna, pero muy pocos los han practicado deliberadamente. Los que dan el paso son siempre gente un poco… especial.

-¿Quieres decir… que hay más gente como él?

-Sí, pero he perdido la pista de casi todos.—Apagó su cigarrillo, que había consumido hasta el filtro, aplastándolo en un cenicero lleno de colillas. Le ofrecí otro, que prontamente encendió.- Johannes no fue el primero, ni el último. Sé de un nido de vampiros en el norte de Europa, pero no creo que te llevaras bien con ellos. También hay un grupo más… convencional. Son unos veinte, creo: Cornelia, Sigfrido, Sei Shonagon… creo que se juntan cada veinte años en un café de Moscú. Una panda de gilipollas. Sí, sé cómo encontrar a Johannes. Pero no vas a convencerle de que te de el secreto de buenas a primeras, es un imbécil. Tendrás que demostrarle que vales para algo.

-¿Qué puedo hacer?

-¿Tú? Tú no puedes hacer nada. No sabes nada, has dado por casualidad con un rastro que no te pertenecía, que dejé hace ya tiempo para otra persona que nunca vino. Pero yo puedo ayudarte.

En total, me quedé seis semanas en París, en una pensión cerca del piso de Justine. En ese periodo, recibí el aprendizaje más acelerado por el que he pasado en mi vida: las biografías de los inmortales, rudimentos de varios lenguajes que podrían considerarse útiles, códigos de comunicación empleados por ocultistas, basados en señales callejeras, graffitis, pautas en el vuelo de los pájaros. En sus historias, en las que intentaba no revelar nada acerca de su vida, se adivinaba por omisión una catástrofe, un incidente tras el que había emergido sin poderes ni prestigio. Todas sus historias, curiosamente, evadían el tema de cómo conseguir la inmortalidad, y parecían bastante desconectadas de cualquier cosa que tuviera que ver con ella. Más tarde, me di cuenta de que en realidad estaba muy sola y no quería más que una excusa para tener a alguien con quien hablar.

En esas dos semanas, esa borracha amargada me reveló secretos por los que los mayores sabios de nuestro tiempo estarían dispuestos a vender sus almas. Me habló de inteligencias antiguas que se ocultan en los cimientos de los rascacielos de Manhattan, y del horror que encontraron los que descubrieron la solución a los enigmas de la página de pasatiempos de un periódico de los setenta. Me descubrió los misterios alquímicos contenidos en los planos de supermercados de toda Europa, con los que pude transformar una cantidad decente de plomo en oro bajo su supervisión. Y, por encima de todo, me reveló la ubicación del dichoso Johannes, que, como el judío errante, no se estaba quieto por los continentes.

-No, hija, no es el judío errante –dijo cuando se lo comenté- Ashavero está bajo una maldición que ni siquiera yo puedo comprender. Me lo encontré el año pasado en Berlín trabajando en un restaurante portugués. Es bastante simpático pero no te puede ayudar con lo que buscas.

Parecía que Johannes le había escrito a Justine una postal desde algún país del Caribe, en la que le mandaba cariñosos recuerdos y hacía vagas referencias a un hijo común sobre el que no tuve el valor de preguntar.

Su salud no era buena. Sus lecciones quedaban a veces interrumpidas por largos ataques de tos, y me di cuenta de que bajo su sempiterna bata sucia, había muy poco más que piel y huesos. Parecía suplir su alimentación con cigarrillos y alcohol, en un impulso autodestructor que la consumía. Las dos últimas semanas las pasó en el hospital, luchando contra el terriblemente vulgar diagnóstico de cáncer de pulmón.

Un cierto sentido de la lealtad me impulsó a quedarme a lo largo de sus últimos días, mientras veía menguar mis ahorros debido a los precios abusivos que me había impuesto la dueña de la pensión. No obstante, al final me largué antes de que estirara la pata. Una mañana, me desperté y me di cuenta de que no podía soportar ni un minuto más volver a ese hospital sórdido, a esa respiración trabajosa y piel marchita que representaban todo lo que yo odiaba en este mundo. Sin más, metí todas mis cosas en la maleta y salí de mi cuartucho para no volver, en dirección a una agencia de viajes en la que un pobre señor que debería haber estado prejubilado tuvo que lidiar conmigo y con mi insistencia en coger un vuelo al Caribe lo antes posible.

Allí estaba, al día siguiente, mirándome en el espejo de los baños de un aeropuerto, en un país que no era mi país, y dándome cuenta súbitamente de que ya no me quedaban amigos en el mundo. Esa revelación, lejos de entristecerme, me hizo reafirmarme en mi propósito de no morir y de encontrar de una vez al maldito Johannes.

Mi estancia en París me había ayudado bastante a espabilarme. Las dos primeras décadas de mi vida las había pasado en mi ciudad, y cuando comencé a estudiar en la capital no salí de mi barrio. Cuando llegué a Santo Domingo, con la cabeza dándome vueltas por el calor y los panties húmedos y pegados a las piernas, logré encontrar por mi cuenta un hotel en el que no me estafaban demasiado, y pasé las primeras veinticuatro horas en un agradable sopor, que hizo que se me disipara el jet-lag.

Después de esta búsqueda, encontrar a Johannes resultó ser un anticlímax. El dueño de un casino de tamaño mediano y razonablemente próspero se hacía llamar Ricardo ahora. Bastó con mencionarle a la sorprendida y muy poco vestida camarera que venía para hablar con el señorito acerca de un viejo negocio en París para que me dijera que esperase un momento. Ipso facto, dos hombres trajeados con proporciones de gorila me escoltaron a la oficina de mi Santo Grial.

No aparentaba más de diecisiete años. El esmóking negro, cortado para alguien mucho más grande que él, le hacía parecer más pequeño, un chaval perdido en una fiesta de disfraces. Largo, de pies y manos más desarrollados que el resto del cuerpo, con una nariz larga y una nuez prominente en su garganta, su cuerpo estaba preservado en ese estado de transición, de fealdad adolescente, que normalmente no dura más que unos años. Su pelo oscuro y rizado, su nariz aguileña y sus ojos penetrantes parecían sugerir un origen turco o persa.

Por alguna razón desconocida, desde hace milenios crece en ciertos picos montañosos un hongo, de origen desconocido, que se combina de manera simbiótica con el organismo humano, creando con ello alteraciones permanentes. A pesar de que muchos individuos lo buscaron en vano y murieron, Johannes había dado con él por casualidad, mientras paseaba su rebaño de cabras, y se había sentido curioso por esas excrecencias color rojo escarlata que adornaban algunos arbustos. Al no ser muy despierto, decidió que lo más sensato era masticarlo, y el resto es historia.

El rito en sí fue de lo más vulgar. Después de hacerle el sacrificio que me requirió (una cosa vulgar y de mal gusto sobre la que no me apetece hablar), pidió una copa a uno de sus asistentes, que le trajo un vaso de plástico. A continuación  se rajó el antebrazo a lo largo con el abrecartas, soltando una carcajada al ver mi cara de horror. La herida sangró durante menos de un minuto, cuando vi sorprendida que se cerraba a toda velocidad, los bordes uniéndose por su cuenta. Con un gesto burlonamente ceremonioso, me invitó a beber.

No sé nada sobre el sabor o textura de la sangre, pero ese líquido no era normal. En cuanto entró en contacto con mis labios, se pegó a ellos y, como si tuviera vida propia, se extendió por el interior de mi garganta. Con angustia, noté cómo descendía por mi laringe, mi esófago, me recubría las entrañas. Caí de rodillas e intenté gritar, en vano. Su sangre me quemaba por dentro, se abría paso por mis órganos, cortándome la respiración, robándome el control de mi cuerpo. Poco a poco, el mundo se fue oscureciendo, y perdí la conciencia.

Desperté tendida en el sofá de skay de la oficina de Ricardo, con la camarera de antes sentada a mi lado vigilándome. El material impermeable del sofá no había absorbido mi sudor, con lo que sentí que estaba tendida en un charco caliente. La chica me ofreció un vaso de agua, que agradecí silenciosamente y liquidé de un trago. Cuando me incorporé y pregunté por su jefe, ella me contestó, evitando mirarme a los ojos, que se había ido, y que no volvería hasta después de un par de semanas. Con educación, cogí mi bolso y me despedí. Tenía el billete de vuelta a Madrid en unas horas.

¿Qué más queréis? Eso pasó en 1984, hace diez años ya. Durante toda esta década he examinado cada día mi rostro en el espejo, con la ansiedad de quien espera ver aparecer los signos de envejecimiento, que nunca llegan. En mi pelo sigue la cana solitaria que tenía a mis veintiocho. Mi cuerpo sigue igual, como cada noche, un cuerpo de mujer joven con las mismas caderas, los mismos pechos ya un poco fláccidos, congelados en el principio de una caída que nunca llegará a realizarse. Sigo fumando, pero hace tiempo que no toso por las mañanas, y nunca me pongo enferma. Una tarde de tedio, en mi apartamento, decidí beberme la botella de lejía que guardaba bajo el fregadero con hielo y limón. Al día siguiente tuve que comprar otra para fregar el baño, eso fue todo.

Por lo demás, todo sigue igual. Intento vivir día a día, como siempre he hecho: del trabajo a casa, de casa al trabajo. Me busqué un empleo donde no tuviera que hablar demasiado con los compañeros, pero que tampoco me aislase tanto como para ganar fama de solitaria. A veces, en las nubes, descubro mensajes secretos que se envían los tres o cuatro taumaturgos de la ciudad, que no llegan a despertar por completo mi interés. Cada mañana compro una barra de pan, y la panadera me recuerda siempre que tengo que darle mi secreto para conservar mi cutis así. Le respondo entre dientes, máscaras de yogur y pepino, comer sano, dormir mucho. Dentro de poco, sus comentarios dejarán de ser cumplidos y pasarán a tener un tono de alarma, lo que será el principio del fin. Mi jefe, los otros empleados lo verán también, comentarán que no es natural que no haya ganado peso, que no tenga ni familia ni novio. Ese día cogeré mis cosas y me iré sin mirar atrás, pero ¿adónde?  Tengo varios destinos en mente: el Caribe de nuevo, Rusia, para ver si logro encontrar a otros como yo. Tengo todo el tiempo del mundo para visitar lugares, lugares que tendré que abandonar en un par de décadas. ¿Qué más? A veces paso noches enteras despierta, que no dejan ahora ojeras en mí, pensando en lo se ha convertido en mi pesadilla cotidiana: despertarme, día tras día, y solo ver un rostro hostil en el espejo.

Encontré estas páginas mecanografiadas detrás del  fregadero de mi nueva vivienda en Madrid.  A pesar de que la humedad las había dañado, seguían legibles. El piso, un apartamento bastante pequeño en el centro de la ciudad, es algo viejo, y muestra huellas de antiguas reformas. Por lo demás, no hay muebles ni objeto alguno que parezcan haber pertenecido a la anterior inquilina. Al preguntar al casero acerca de los anteriores ocupantes del piso, contestó que había estado viviendo una mujer de unos treinta años, soltera, bastante rara. Pagaba su alquiler a tiempo, sin protestar, y nunca atrajo ninguna queja ni la atención de los vecinos. Un día, sin avisar con el mes de antelación estipulado, se fue sin dejar rastro. Después de esperarla, el casero decidió vender parte de sus posesiones y tirar el resto, y quedarse con la fianza que ella le había entregado. Su nombre, bastante vulgar, aparece repetido innumerables veces en la guía telefónica. Por mucho que busque, no hay rastro de esta mujer, aparte de su increíble historia. En la literatura, no hay referencias a ningún volumen llamado De rebus inmortalibus, ni tampoco ha existido nunca ninguna profesora en la Sorbona llamada Justine Delon. Toda esta historia parece ficticia, el mediocre trabajo de una solitaria aficionada a la ficción, de no ser por un detalle: junto a los escritos hay un frasco minúsculo, una ampolla, llena hasta la mitad de un líquido rojo y espeso. Cuando está en reposo, parece pintura, pero, cuando se agita, parece tener vida propia, agitándose en ritmos disarmónicos, como si intentara escapar de su recipiente. A veces, tengo la impresión de que el líquido es consciente de que estoy allí, y de que se agolpa de manera imperceptible contra sus paredes de cristal, en un vano intento por alcanzarme. No me he atrevido a abrirlo, y tampoco se lo he enseñado a nadie. He decidido dejarlo en el fondo de mi cajón, donde a veces lo oigo tintinear, como si se echase a rodar por su cuenta. Algunas noches, en cambio, no se mueve, pero me parece oír susurros dentro del cajón, susurros en una lengua muerta.

This entry was published on November 12, 2012 at 11:21 pm and is filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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